sábado, 3 de diciembre de 2011

Albert Einstein y el socialismo...para reflexionar acerca de la sociedad...


Acá les dejo un artículo escrito por el físico y hasta me animaría decir filósofo Albert Einstein, quien reflexionó acerca de la sociedad y el hombre, haciendo críticas válidas - creo yo - al capitalismo y al hombre solitario, entre otros atractivos aspectos del escrito presente.


Albert Einstein - ¿Por qué socialismo?

      


     Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949.


     ¿Debe quien no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar 
     sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que sí.
     Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del 
     conocimiento científico. Puede parecer que no haya diferencias 
     metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los 
     científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad 
     general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la 
     interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea 
     posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El 
     descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil 
     porque la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por 
     muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la 
     experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período 
     civilizado de la historia humana —como es bien sabido— ha sido influida y 
     limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera 
     exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los 
     grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los 
     pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la 
     clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el 
     monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre 
     sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, 
     hicieron de la división de la sociedad en clases una institución 
     permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a 
     partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su 
     comportamiento social.
     Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte 
     hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó «la fase 
     depredadora» del desarrollo humano. Los hechos económicos observables 
     pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no 
     son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del 
     socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase 
     depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado 
     actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
     En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La 
     ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, 
     inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con 
     los que lograr ciertos fines. Pero los fines por sí mismos son concebidos 
     por personas con altos ideales éticos y —si estos fines no son endebles, 
     sino vitales y vigorosos— son adoptados y llevados adelante por muchos 
     seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución 
     lenta de la sociedad.
     Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos 
     científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que 
     los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las 
     cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han 
     afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una 
     crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de 
     tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso 
     hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como 
     ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí 
     recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de 
     otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia 
     de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional 
     ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy 
     calmado y tranquilo, me dijo: «¿Por qué se opone usted tan profundamente a 
     la desaparición de la raza humana?»
     Estoy seguro de que hace tan solo un siglo nadie habría hecho tan 
     ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre 
     que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que 
     tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de 
     la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la 
     actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
     Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con 
     seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy 
     muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a 
     menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas 
     fáciles y simples.
     El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser 
     solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más 
     cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar 
     sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el 
     reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus 
     placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones 
     de vida. Solamente la existencia de estos diferentes y frecuentemente 
     contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su 
     combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede 
     alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la 
     sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones 
     esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que 
     finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el 
     cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la 
     sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su 
     valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto 
     abstracto «sociedad» significa para el ser humano individual la suma total 
     de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas 
     las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, 
     sentirse, esforzarse, y trabajar por sí mismo; pero él depende tanto de la 
     sociedad —en su existencia física, intelectual, y emocional— que es 
     imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la 
     «sociedad» la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de 
     trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su 
     pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los 
     muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la 
     pequeña palabra «sociedad».
     Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad 
     es un hecho que no puede ser suprimido —exactamente como en el caso de las 
     hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las 
     hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño 
     detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones 
     de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la 
     capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral han 
     hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por 
     necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, 
     instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones 
     científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en 
     cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un 
     papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.
     El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una 
     constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, 
     incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie 
     humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que 
     adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras 
     clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso 
     del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la 
     relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos 
     ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas 
     primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede 
     diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen 
     y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto 
     en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre 
     pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su 
     constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino 
     cruel, infligido por ellos mismos.
     Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud 
     cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan 
     satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del 
     hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como 
     mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los 
     efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y 
     demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí 
     para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes 
     que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del 
     trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente 
     necesarios. Los tiempos —que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos— 
     en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser 
     totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es solo una leve 
     exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad 
     planetaria de producción y consumo.
     Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí 
     constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la 
     relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que 
     nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un 
     hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino 
     como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia 
     económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus 
     pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus 
     pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran 
     progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición 
     en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a 
     sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados 
     del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede 
     encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la 
     sociedad.
     La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, 
     en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una 
     comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente 
     privándose de los frutos de su trabajo colectivo —no por la fuerza, sino 
     en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este 
     respecto, es importante señalar que los medios de producción —es decir, la 
     capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de 
     consumo tanto como capital adicional— puede legalmente ser, y en su mayor 
     parte es, propiedad privada de particulares.
     En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré 
     «trabajadores» a todos los que no compartan la propiedad de los medios de 
     producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los 
     propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la 
     fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el 
     trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del 
     capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que 
     produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. 
     En cuanto que el contrato de trabajo es «libre», lo que el trabajador 
     recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, 
     sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de 
     fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo 
     por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del 
     trabajador no está determinado por el valor de su producto.
     El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a 
     la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo 
     tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de 
     unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El 
     resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo 
     enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad 
     organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los 
     miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos 
     políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los 
     capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, 
     separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los 
     representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los 
     intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, 
     bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente 
     controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de 
     información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y 
     de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el 
     ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso 
     inteligente de sus derechos políticos.
     La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada 
     del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de 
     la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios 
     disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el 
     contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad 
     capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los 
     trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido 
     éxito en asegurar una forma algo mejorada de «contrato de trabajo libre» 
     para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la 
     economía actual no se diferencia mucho de capitalismo «puro». La 
     producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está 
     garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan 
     encontrar empleo; existe casi siempre un «ejército de parados». El 
     trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde 
     que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado 
     rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la 
     consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con 
     frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para 
     todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre 
     capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en 
     la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. 
     La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a 
     esa amputación de la conciencia social de los individuos que mencioné 
     antes.
     Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. 
     Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud 
     competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito 
     codicioso como preparación para su carrera futura.
     Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves 
     males: el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un 
     sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los 
     medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una 
     forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las 
     necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre 
     todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada 
     hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus 
     propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de 
     la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la 
     glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.
     Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es 
     todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la 
     completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere 
     solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: 
     ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder 
     político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y 
     arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo 
     asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

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